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Truchas
Escrito por Quique - El duende   
Viernes, 31 de Agosto de 2007 21:00

Un relato de una pesca en las sierras cordobesas y que fué el origen de una amistad, que a su vez fue semilla de ConMosca.com.ar

El sol trepó por detrás de las últimas estribaciones de las sierras chicas. Las cumbres de Achala se tiñeron de un intenso rojo sangre que poco a poco iba descubriendo los farallones y quebradas de la pendiente oriental de las Altas Cumbres.

Tímida, la primera luz del día se asomó a mirar hacia lo más profundo del valle, que todavía permanecía en penumbras, aún cuando ya todo el cielo se vestía de pálido celeste.

 Los rayos del sol, de modo casi perpendicular, acariciaron las cimas de las lomas que dominaban el paisaje mirara a donde mirase.

Espinillos 

El viento, que desde las primeras horas de la noche anterior soplaba frío e insistente, mecía las hierbas que sobrepasaban en mucho la altura de mis rodillas; y las de Juan, que como de costumbre caminaba varios centenares de metros por delante de nosotros.

Desde hacía varias horas caminábamos sin el más mínimo sentido de la orientación, buscando la siempre prometedora unión de los ríos Yatan y Corralejo.

Por debajo de las colinas que nos rodeaban sabíamos que en algún punto se producía el encuentro de estos ríos,  donde se dice que tiene lugar el nacimiento del Espinillos, entre un tortuoso lecho de grandes rocas y donde el agua desciende estrepitosa con un bramido poco menos que ensordecedor.

Así es que las primeras horas de la mañana transcurrieron lentas, en un ir y venir constante, sin siquiera encontrar rastros del más paupérrimo charco de agua.

Para agregar dramatismo a la situación, lo que en un primer momento parecían ser puntos negros muy, muy lejanos y remotos allá lejos en la bóveda celeste, de repente se transformaron en sendas criaturas voladoras, negras, aterradoras y silenciosas, de más de dos metros de longitud entre uno y otro extremo de las alas.

Sin batir ni siquiera un palmo de sus alas en pocos segundos descendieron a escasos veinte metros por encima de nuestras cabezas.

El vuelo de éstas aves era lento y siempre repetitivo, ya que no hacían otra cosa más que dar vueltas en círculos, cada vez más estrechos…y cada vez más cerca de su presa…nosotros.

Lo que a mí se me antojó como un preámbulo de la desgracia ya inevitable, a Sebastián, el momento, no poco tenso por cierto, le transmitió un profundo sentimiento de nobleza y majestuosidad que se acentuaba aún más por el silencio reinante del lugar.

Sin moverse del lugar giró sobre sus talones y mirándome me dijo: - Son Cóndores!

 Condores

Así vivimos aquél contacto con estos misteriosos cóndores serranos, que dejándose llevar en las alturas por el mismo viento que jugueteaba allí debajo con nuestros cabellos, se acercaron a darnos la bienvenida a ese paisaje remoto y sin mácula….o a ver si efectivamente ya habíamos sido víctimas de la madre naturaleza.

Cuando apenas comprobaron que aún seguíamos en pié volvieron a alejarse, y a nosotros el momento nos encontró más decididos que nunca ha hacer lo que habíamos ido a hacer….pescar las magníficas Arco Iris del Espinillos.

 

 Claro que amén de nuestra mejor disposición, no fue fácil decidir el descenso de las lomas, ya que Juan había vuelta a alejarse. No miento si digo que tuvimos que colocarnos en una posición tal que el viento llevara a oídos de Juanito nuestros gritos, alaridos y aullidos que intentaban comunicarle que bajábamos a buscar el río.

Tampoco mentiría si confesara que oí varios improperios de boca de Ariel maldiciendo la situación, la ubicación geográfica en la que nos encontrábamos (que vaya a saber cual era) y la celeridad de las piernas de Juan E. Alvarez.

 

Una vez reunidos los cuatro, ahora con Juan liberando imprecaciones contra los que lo habían hecho desandar unos seiscientos metros, nos decidimos a cortar camino en línea perpendicular hacia donde estimábamos que podía estar el agua…nótese que digo agua y no ya río, ya que a éstas alturas lo único que queríamos era saciar la tremenda sed que nos acuciaba a todos…sí, es cierto, éstos cuatro consumados pescadores no habían llevado agua.

Subiendo y bajando, una y otra vez, la interminable sucesión de lomas y colinas pudimos ver por fin debajo de nuestros pies, al cabo de un tiempo, el brillo oro pálido de la luz sobre el río en movimiento.

Todavía no sabría decir si descendimos hasta el agua o si prácticamente nos arrastramos hasta ella. De todos modos y contra toda posibilidad, sin dar crédito a lo que veíamos estábamos finalmente en las nacientes del inmortal Espinillos.

No recuerdo haber vivido una jornada de pesca como la de aquella vez. No recuerdo haber pescado tanto, honestamente.

Como si el premio a tanto esfuerzo hubiera sido la danza de salmónidos que tuvo lugar a nuestro alrededor durante todo ese día.

Era la primera vez que Sebastián pescaba en los caprichosos torrentes serranos pero puedo decir que dio verdadera cátedra de cómo reacciona un mosquero de ley cuando se enfrenta a truchas tan maladadamente selectivas…si hasta pareciera que lo hacen a propósito, y lo digo en serio.

 

A medida que transcurría el día, fuimos avanzando río abajo y sin notarlo me alejé de mis compañeros un centenar de metros, hasta llegar a un pozón de aguas muy quietas, circundado en forma de cuenco por una formación rocosa que descendía hasta la orilla en una suave pendiente por ambas márgenes.

Fue precisamente aquí donde pude cobrar la que sería mi captura más interesante de la jornada. Pero lo realmente notable no fué exactamente la pieza cobrada, si no que en mi afán de poder arrimar el pez hasta la orilla me fuí desplazando una y otra vez, de ida y de vuelta, desde la entrada hasta la salida del pozo. Afortunadamente pude capturar la trucha y a continuación devolverla al agua. En el momento en que me incorporaba, detrás mío, un discreto bulto pardogrisáceo llamó mi atención. Al volverme hacia él me encontré mirándome directamente a los ojos con una tremenda Yarará ñata adulta lista para abalanzarse sobre aquél atrevido pescador que había osado pasar por encima de ella al menos cuatro o cinco veces durante su paseo en rededor del pozón.

 

Al instante, el pánico, fue dueño exclusivo de hasta la fibra más íntima de mi existencia…la sensación? Sencillamente indescriptible.

Todo lo que voy a decir al respecto es que tuve que sentarme inmediatamente, ya que el temblor que se apoderó de mis piernas no me dejaba estar en pié.

Momento aquél que no quiero volver a vivir…de más está decirlo.

Ahora bien, el río Espinillos, en su cauce superior, discurre entre paredes casi verticales en ciertos tramos. Estas paredes suelen hundirse en el agua entre tres y cuatro metros. El agua es tan clara aquí que el fondo casi puede verse como si se tratara de una pecera literalmente hablando.

En el lecho de éstas “peceras”, encuentran refugio muchos de los mejores ejemplares del río. Hacia allí, la tarde de ésta jornada nos encontró dirigiendo nuestros pasos.

Pero como en toda aventura, ésta, todavía nos tenía reservados algunos momentos más en los que la adrenalina y el nerviosismo fueron los absolutos protagonistas.

 

Entusiasmados por la posibilidad de finalizar el día con algún ejemplar de aquéllos que se convierten en parte de nuestras anécdotas más recordadas y las que no nos cansamos

de relatar cada vez que tenemos la menor oportunidad, nos fuimos adentrando poco a poco y sin darnos cuenta en la zona del río a la que damos el nombre de “los Cajones”.

Cabe aclarar que las rocas que hunden sus pies en el agua de modo tan vertiginoso, en ésta área del Espinillos, la mayor parte del año permanecen “secas”, al menos lo que queda de ellas por encima de la superficie del río…como es lógico suponerlo.

Pero don Octubre en Córdoba suele ser bastante lluvioso y estas rocas “secas”, mojadas, se convierten, vaya a saber por que arte o magia, en jabón.

Como pudimos comprobar minutos más tarde, todavía no se han inventado zapatillas, botas de traiking, botas de vadeo o uñas, capaces de aferrarse a estas piedras cuando el agua las humedece.

 

Como sucedió no sabría decirlo, por que ni siquiera me acuerdo de cómo terminamos en aquella situación. Todo lo que puedo recordar es que de estar pescando plácidamente terminamos agarrados con alma, vida y garras a una roca que cinco metros por debajo de nosotros se perdía de vista en un torrente blancogrisáceo. Blanco por la espuma del agua que bajaba torturada por la abrupta pendiente y grisáceo por los dientes de las piedras que nos aguardaban con las fauces abiertas.

No sé cuánto tiempo duró la travesía, a mí se me antojaron horas en las que solo podía oír el latido de mi corazón mientras trataba de trepar garganta arriba, como haciendo ingentes esfuerzos para intentar huir del cuerpo que en pocos instantes más iba a abandonar toda existencia.

Como necesitaba las dos manos para asirme de las enjutas hierbas que crecían a nuestro rededor, aferré mi caña mordiendo el mango con los dientes. Y así de este modo…un poco gateando y otro poco arrastrándonos, pudimos finalmente salir airosos del trance.

La que no terminó del todo bien la “experiencia” fue mi pobre vara que todavía conserva las marcas que la adrenalina y mis dientes le dejaron en su mango de corcho.

 

Momentos más tarde, cuando apenas habíamos salido de los Cajones, caímos en la cuenta que sólo quedaban algunos minutos de luz, los suficientes para emprender el regreso hasta el auto que todavía distaba un par de kilómetros del punto donde nos encontrábamos.

En el instante que nos disponíamos regresar, Sebastián sostuvo la frase a la que hoy día ya estamos bien acostumbrados: _ hago tres tiros más…y vamos. Momento que me dejó el tiempo suficiente para sentarme a ver las obras de arte que dibujan los últimos rayos del sol sobre la línea que metros más adelante  obedece al suave casteo de la mano de un pescador, mientras cientos de insectos juegan a las escondidas entre la luz del agua y la penumbra de un pinar ya dormido.

Nos alejamos del río otra vez, no ya pensando en la jornada vivida, si no en las próximas por vivir, entre risas y una conversación animada. Juan recuerda que hace algunas semanas atrás Ariel quería tirarnos la caña por la cabeza y ahora risueño afirma que no la regalaría por nada del mundo.

He preferido no darle fecha ni tiempo a este relato (aunque los lectores más atentos puedan adivinar a que tramo de la temporada me estoy refiriendo).Como así también no he querido cronicar una salida de pesca, o si las moscas o equipos utilizados fueron tales o cuales.

los tres juntos 

Por el contrario he querido plasmar los momentos, o algunos de ellos, durante los cuales fue surgiendo la idea de dar vida a lo que primero fué el esbozo de un proyecto y hoy es www.conmosca.com.ar

Por que ocurrió precisamente de ésta manera. Entre charlas y comentarios durante algún almuerzo a la orilla de un río. O mientras compartíamos un cigarrillo con Juan observando a Sebastián seleccionar una mosca de entre las decenas de cajas que pueblan su chaleco. O…cuando no, mientras compartíamos una cerveza (o varias) durante alguna sesión de atado. 

También la tarde en la que me quebré el meñique izquierdo tratando de llegar a las escurridizas Fontinalis de Achala, para intentar olvidarme del dolor, mi cabeza volvía una y otra vez a la idea de poder hacer realidad este espacio que hoy es Conmosca.

Conmosqueros queridos, en nuestro primer aniversario, éste es mi homenaje particular para ustedes, aquellos que han compartido o compartirán conmigo la respiración agitada y entrecortada que nos ahoga momentos antes de la última carrera al río, cualquiera que sea.

 

Quique 

Enrique de Goycoechea

El Duende 

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Última actualización el Martes, 01 de Septiembre de 2009 16:43
 

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